6.12.12

Mi increíble encuentro con Niemeyer


Por Rasmus Sønderriis (Exclusiva para Guamá)

En mayo de 2003 conocí al legendario arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, autor de Brasilia y de tantos edificios emblemáticos. ¡Sólo que yo no sabía quién era él! Conversamos largamente en un restaurante extraordinariamente suntuoso en Copacabana, Río de Janeiro, donde me había citado un amigo de un amigo de un amigo. Había otros famosos brasileños del mundo artístico y político que yo no conocía. Al saber que yo venía de Chile, Niemeyer me habló de su amistad con Neruda, y luego sobre su cercanía con García Márquez. Por esas conexiones – más el silencio total cada vez que tomaba la palabra – yo intuía la importancia del anciano, pero sin saber con qué tremendo corifeo estaba tratando, y menos sobre sus ideas políticas. Entonces, como yo había llegado allá por medio de dos artistas cubanos, hablamos sobre Cuba. Me preguntó Niemeyer qué opinaban mis amigos cubanos sobre Fidel. Estaba rodeado de ricos con pinta sumamente capitalista, a uno le decían "el Embajador" y al otro "Señor Gerente", por lo que jamás se me occurió que podría ofender un discurso anticomunista. Por eso contesté con sinceridad que mis amigos cubanos añoraban la libertad de su isla.

¡Los demás presentes me miraron escandalizados, cómo si hubiera intentado matar al viejo! ¡Llovieron insultos de tipo "cállate por una vez"! Alguien me contradijo: "pero el pueblo cubano en general adora a su Máximo Líder!"

Entonces, a partir de mis impresiones en un viaje reciente a la isla, estimé el apoyo pro-Fidel en La Habana en un 20%. Otros disputaron esa cifra, a lo que repliqué que lamentablemente no se nos permite saberla. ¡Otra vez corrió indignación por toda la mesa, no por mi anticomunismo, sino por mi increíble falta de tacto! Al final – impresionando profundamente a todos los presentes – Oscar Niemeyer sí admitió que los regímenes comunistas no habían logrado darle al pueblo todo lo que el pueblo pedía.

Aún así, cuando el viejo se fue, me explicaron bien, y me perdonaron diciendo que había sido "una conversación muy humana" entre Niemeyer y yo. Ahí fue cuando sus acompañantes pidieron unos vinos de más de cien dólares por botella. Yo no tomé nada, y sólo comí una ensaladita, porque todo allá era grotescamente caro para un simple columnista para nada conocido como yo. Llegó la cuenta, la colectividad en torno a la mesa tomó su decisión, y tuve que pagar lo mismo que cada uno de los millonarios presentes. Todos éramos iguales, ¡tal cual como bajo el comunismo! Por suerte el brillante y simpático dibujante Chico Caruso vio mi cara disgustada y me invitó. Él también puede confirmar lo sucedido.

Fue un claro acto de redistribución de la riqueza, sobre todo porque unos quince minutos después perdí una suma muy parecida, la totalidad del efectivo que portaba, cuando, justo al salir a la calle, me asaltaron unos niños marginales de Río. Muchos contrastes tiene el capitalismo.