
En los palacios y casonas de la villa hay tremendo titingó andando con la caterva de delegados que han sido arrea'os pa’ Labana por su señoría la hermana regente a propósito del conclave que se celebró el pasado fin de semana. A muchos de los libertos que asistieron a la cita les pareció que aquello era más del mismo guano con que sus señorías ilustrísimas quieren llenarle el coco a la negrada de la ínsula. En febril arrebato un mestizo se liberaba berreando en una esquina mientras daba loas a los máximos patricios de nuestra patria cuando fue interrumpido de cuajo por una mulecona que cruzaba el Prado para atajarlo con ademanes de revuelta mientras se echaba al hombro la mantilla, bordada y cuajada de remiendos.
La mulata lo miró primero como midiéndolo para enseguida saltarle a la cara, veíase que esta era brava, de esas que pululan por las lindes del puerto y que son venidas de Atares y hasta de Puerto Príncipe. Plantósele delante a rebatirle sus argumentos con sobrada fuerza y dio comienzo al reto, que si allá en el palacio de los blancos se estaba jugando el destino de nuestra grandísima nación, decía el mestizo a lo que la mulata, como rayo, contestó que en dicho lugar lo que se estaba era comiendo catibia, y de la buena, que qué clase de comisión perdía el tiempo hablando de cazuelas y pucheros a corriente en vez de ocuparse de las cosas veras que afectan a la población y la isla toda. Espetó el mestizo que érase asuntos de alto pensamiento lo que allí se discutía y que no era de mentes bajas y arrabaleras el criticar tan dignos esfuerzos para con nosotros los naturales del país.
¡Ahí si que voló Juliana en carretilla! La mulata, en guardia frente al mestizo, dijole con palabras ajustadas que si aquello era congreso y era pensado para los hijos de aquel país entonces ella era la reina del Manglar, que aquella reunión era para seguir comiendo mierda y no resolver ni un carajo, que aquí lo que hace falta era una levantada de negros y libertos para que la hermana regente se acabase de dar cuenta que muy bien se esta desde la sombra en palacio lejos del calor de la calle, las tinieblas y el mohín de la plaza, que así cualquiera pedía quinquenios y plazos pues desde la bonanza del jamón no se suda ni duelen los cayos, que había que formar el merecúmbe de una y tumbar testas como se hizo allá en la Francia que los blancos aquellos formaron tremendo palenque y le dieron tafia a sus majestades y que ni pinga y bien, que delegada al conclave era esta, peluda y retozona, cosas que dijo mientras le mostraba levantándose la falda el hachazo divino al mestizo que estupefacto enmudeció. ¡La que se armó!
Una pareja de guájaros de la civil se la llevaron al hospital de recogidas en Águila y Dragones entre pataleos y remilgos mientras otras llegaban, pedían salvoconducto a todos los que allí estuvieran y de nada sirvieron las defensas que un rato antes hiciera el mestizo afrontado, lo subieron como a otros al carretón de la guardia rumbo fijo a la estación de Villanueva por ser natural del Oriente y morar en la villa sin permiso debido. Yo me corrí despacio por una esquina y hasta apresure el tranco para venir a contárselo a ustedes, al principio no creía pero ahora, con el conclave cerrado puedo dar fe que de lo que se discutió allá para bien de nosotros tuvo bien poco, la cosa estuvo floja y el descaro pudo verse, que sus señorías todas lo que quieren es seguir gozando de sarao en sarao sin que los negros, mulatos, blancos e indios destas lindes tengan vida y cesen de cantar buenaventuras para quien desde lo alto del poder ya ni se acuerda de nosotros.